lunes, 14 de marzo de 2011

El silencio de aquellas calles rondeñas

Mi tío Paco tiene un blog, pero acostumbrado a otro tiempo, la era de los ordenadores le ha pillado de lleno y claro está, le cuesta meterse en este mundillo al que hay que dedicarle más paciencia que maña. Por eso de momento él me cuenta sus vivencias y yo las plasmo en mi Blog, hasta tanto pueda enseñarle la manera de hacerlo en el suyo propio, que de seguro será un blog de esos que se leen con agrado e interés porque nos llevará  a un tiempo que ya pasó donde las cosas se vivían de otra manera. Cosas tan sencillas como el sonido del silencio, sonido que hoy en día en el bullicio de las ciudades, ha dejado de existir…. 









   









En las madrugadas de Ronda, la ciudad de mi familia materna, antiguamente el silencio se dejaba sentir desde muy temprano hasta que tímidamente se despertaba la vida comercial y los niños con su chiquillería llenaban las calles con el sonido de sus risas.

Desde los pueblos cercanos empezaban a llegar los hortelanos que traían sus frutos para el mercado, el lechero llenaba las calles con el primer pregón de la mañana mientras el panadero anunciaba que traía molletes calientes. Los molletes, pequeño panecillo redondo y tierno, aplastado y con más forma de torta que de pan normal, sabía de una manera mucho más sabrosa y auténtica de la que tiene hoy en día, o quizás uno recuerda los sabores entremezclados con las vivencias de la infancia y los hace más exquisitos, con la exquisitez de aquellos recuerdos que se llevó el tiempo.

La máquina que maniobraba en la estación preparando el tren de mercancías  alteraba el sueño y con toda nitidez se escuchaba el tope de un vagón contra otro y el ruido de las cadenas que servían de enganche. No siempre el despertar era sereno y apacible, también había mañanas en las que pasaban los camiones que llevaban a los presos a fusilar y momentos después los disparos dejaban una nota hueca y dolorosa en la garganta desgarradora del Tajo; que delataba aquella injusticia repitiendo el sonido entre las rocas del desfiladero y lanzándolo a lo lejos durante unos segundos.

Empezaba así a despertar la mañana y en el bullicio de las calles, el pregonero hacía su publicidad anunciando las próximas Corridas de toros o quizás otro evento, impreso en una pequeña octavilla de la única imprenta de la época la X46, mientras a su vez repartía unas novelitas editadas en pequeños cuadernillos que las mujeres compraban habitualmente con el fin de hacer volar su imaginación durante un rato, mientras los niños estaban en la escuela, los hombres en sus tareas y el olor a puchero inundaba la casa.

El silencio se hacía más patente cuando  se oía el rodar de un carro y el ruido de los cascos de los caballos no venía acompañado de un tintineo de campanillas, ya que esto delataba que no era un vivo quien se paseaba por las calles de Ronda sino un difunto que iba camino de su sepultura.

Los chiquillos salían del colegio despavoridos, dando rienda suelta a su energía y una vez libres de la disciplina, algunos, los más necesitados, se dirigían a los basureros a recoger con unas latas, aquellos desperdicios que  fueran de utilidad para darles de comer a los cochinos, antes que los carros del basurero se llevaran la basura; otros, los más favorecidos podían comprar con una perra gorda (unidad monetaria de aquella época) algunas golosinas en la tiendas.

Curiosamente esta moneda de cobre (10 céntimos de las antiguas pesetas), se llamaba así ya que en su reverso figuraba un extraño león que la gente confundía con un perro, de ahí que la de 5 céntimos se conociera como "perra chica", de igual motivo en sus caras pero valor inferior. 
En el fondo de la calle el sillero lanzaba al aire su cantinela: “Cooooopongo  sillaaaaaaaa”, mientras que el heladero les hacía saber que los barquillos de canela eran de canela de verdad, sin embargo no había quien superara ni en voz ni  tono, al que por aquel entonces era el pregonero de las avellanas que con la voz del mejor cantaor de coplas anunciaba: “Mis avellanas son las mejores, de to colores las traigo yo, avellana, avellana, avellana, la que no traigo partía la traigo bana (vacía)”. Vestido impecablemente con si chaqueta blanca a juego con el trapo con el que tapaba su canasta llena de aquellos frutos.

Dentro del mercado de abastos se hacía patente el bullicio. Los pescaeros en su labor de vender bien su pescado lo pregonaban a gritos mientras el de las verduras y frutas, hacía lo mismo desde su puesto. Las mujeres aprovechaban para comprar lo necesario para la comida. Al anochecer por la carretera de San Pedro las luces de los faros de algún camión cargado de corchos, anunciaba su llegada. Más de una vez algún corcho quedaba enganchado en los balcones como testigo del exceso de carga. 

Los niños se encargarían más tarde de utilizarlos como flotadores en sus juegos en el río, llenando el aire con su algarabía, hasta que al atardecer poco antes de ocultarse el sol, el silencio, aquel silencio de antaño,  volvía a llenar las calles nuevamente……




2 comentarios:

  1. Qué lindos recuerdos!!! Y Ya anhelo ver el Blog del Tio Paco, ya que tube el placer de conocerlo en persona y mis recuerdos, de aquellos pocos minutos, aún siguen intactos, la mirada, la charla, el cariño y el sentimiento de ver a alguien tan querido y sobre todo tan cercano a una personita que concidero una "GRAN AMIGA, SÍ VOS SUSANA!!! Mandale un beso gigantezco cuando lo veas y otro más enorme para Vos Su!!!

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  2. Gracias Stella, cuando esté listo su Blog te paso el enlace

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