miércoles, 23 de marzo de 2011

A veces me invade una idea, es como si una palabra arrastrara de otras que la acompañan y deseosas quisieran salir aturrulladas y tengo que escribirlas enseguida, es como un remolino de frases sueltas que se agolpan y quieren manifestarse, una simple palabra y se desencadena un poema, una simple idea y se desarrolla un escrito, un simple recuerdo que da pie a un relato.

Es entonces cuando tengo que detenerme en lo que esté haciendo y acudir a buscar  un  folio o un simple papel que tenga a mano y dejar que fluyan como notas musicales que en su acorde van desgranando un texto.

Todas están enlazadas a un sentimiento, no cabe duda: un recuerdo, un lejano amor, una vivencia, una parte de mi historia que queda reflejada a golpe de tinta o de tecla y que sale de los confines de mi mente o ¿quizás debería decir de los confines de mi corazón?. Una música o simplemente un pequeño recuerdo puede dar lugar a que mi capacidad creadora, algo innato en mi, forme un abanico de letras y de lugar a un escrito en el que por encima de todo aparte de poner frases, puntos y comas, pongo lo que siento.

Muchas veces esto ocurre casi sin darme cuenta, como si una vocecita a lo lejos me dictara aquello que debo escribir y es cierto, que si no lo hago enseguida, la inspiración se va y pierdo el hilo, a veces atropelladamente mi mente corre más que mi mano y debo detener el pensamiento, darle forma y tratar de seguir al duendecillo, que loco, travieso e inquieto me va dictando el mensaje.

Parece que como si  a la velocidad del viento, fuera susurrandome al oido aventuras vividas, recuerdos pasados, risas perdidas, sonidos lejanos,  poniendo en mis ojos nuevamente visiones de otro tiempo, de recuerdos infantiles, de caricias añoradas,  de un aroma perdido o de un sabor olvidado.  

El duende a veces, me juega una mala pasada y toca tan sutilmente las fibras de mi ser, que permite que derrame una lágrima, o dos o incluso tres, mientras escribo. El motivo es que indaga en mi pasado en aquello que ya no vuelve y lo lanza a la luz permitiendo que el polvo dorado de su recuerdo, me llene la piel , la ilumine nuevamente con su toque brillante y que por un segundo viva de nuevo con la magia de su recuerdo, para luego dejarme en la más profunda de las soledades, tan solo con mi pensamiento y sin la dicha de poder vivir aquel tiempo ni de acercarme a quienes lograron hechizarlo.

Es entonces cuando en un arrebato de profunda tristeza quisiera arrancarlo de mi, pero él, inocente y travieso, me recuerda que no es un sueño, que aquello que me enseña es mio, es parte de mi y aunque ya no vuelva, está dentro de mi corazón y soy Yo..., y es a través de todas estas vivencias inolvidables como me he formado mujer.

Entonces, busco en mi interior al duende y le permito herirme nuevamente, porque no quiero olvidar mis recuerdos, quiero alimentarme de ellos y seguir soñando que viven una y mil veces dentro de mi...





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