lunes, 19 de julio de 2010


Desde que tenía unos meses, mi abuela Rosario cuidó de mi, mientras mis padres trabajaban en una oficina. Mi madre, muy temprano me envolvía en mantas y me llevaba a la vuelta de casa donde vivía mi abuela y eso fue asi durante años, hasta que nos vinimos a vivir a España.


Ni que decir tiene que por su cariño y dedicación, ella fue para mi, mi segunda madre. Mi abuela era grandiosa, me adoraba y yo a ella, hasta el punto de que al despedirme por la tarde, a la hora de regresar a casa, su beso debía ser el último que quedara allí plasmado, en mi carita de niña. Mis tios para hacerme rabiar, se escondían y me daban otro beso, que yo borraba rapidamente refregandome las mejillas y rapidamente entre sollozos, volvía al regazo de mi abuela para recuperar ese beso de ella, que debía quedar inmune de todo hasta el día siguiente, y guardado en mi rostro como el tesoro más preciado.


Esa táctica de mis tios y la retaila de los besos que iban y venían se repetía todos los días, mi abuela se despedía, ellos se escondian, yo frotaba mi cara, lloraba y corría hasta los brazos de mi abuela nuevamente y vuelta a empezar, hasta que la despedida se hacía interminable y duraba el tiempo que mis tios querían o que yo entre sollozos, soportaba.

Aquel beso representaba para mi, el mayor trofeo, la bandera del cariño que debía ondear en mi rostro y que nadie debia atreverse a quitarme, ni siquiera rozarlo porque era lo más grande y lo mejor que mi abuela me ofrecía y yo me volvía con él, como quien lleva una medalla, la del amor condicional de una nieta hacia su abuela.

Muchas veces, ya adulta lo sigo sintiendo, aunque hoy en día se encuentra más profundo, con los años ha traspasado la piel de mi rostro y habita dentro de mi alma y en el rincón de mi memoria, sigue apretandome el pecho. Y hoy sé, que fue mucho más que un simple beso ....

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