lunes, 12 de abril de 2010


En la tenue y cálida luz de su cocina, mi abuela Rosario, amasaba entre anises y aroma a limón, unos típicos dulces que ella hacía en España y con los que nos seguía deleitando en las tardes argentinas de su casa del Barrio Residencial Don Bosco, donde se trasladó a vivir allá por los años cuarenta y tantos.

Recuerdo el aroma delicioso de aquellos dulces que ella preparaba, no sin antes haber frito en aceite unas cañas que servirían de molde para darle forma a los famosos Gañotes. Una vez listas y frias, yo la ayudaba a enredar la masa en ellas, con el fin de freirlas nuevamente y luego se despegaban de la caña dando lugar a unos cilindros riquísimos que eran el mejor manjar del mundo.

Nunca más probé los gañotes, lo mismo que nunca más probé sus exquisitas patatas fritas con tomate, que a pesar de ser el plato más sencillo que existir pueda, resulta extraño comprobar que ninguno de los que he querido simular ha resultado con aquel sabor tan delicioso que le daban las manos de mi abuela y su peculiar manera de cocinar.

Mi abuela estaba hecha de esos sabores y olores que hoy recuerdo. Era una mujer ejemplar a la que yo quise con locura, ya que fue para mi una segunda madre que cuidaba de mi mientras mis padres trabajaban. Fue la maravillosa abuela que supongo hubiese sido mi madre para mis hijas en caso de no haberse ido tan pronto de mi vida.

Su casa resplandecía siempre porque se habia inventado un artilugio hecho de cañas atadas a una brocha con la que daba pinceladas de cal a su patio que siempre estaba de un blanco impecable, también sabia cambiar su ropa de color con tonalidades que iban del morado al rojo y que con maña y grandes dosis de creatividad, aparte de unos tintes en polvo que revolvía en un cubo, daban a su ropa una segunda oportunidad, digna del mismisimo Vitorio y Luchino.

La recuerdo acompañada de su perra Campanita, mi gran compañera de aventuras infantiles, una chihuaha desproporcionada en cuanto a peso para sus delgadas patitas pero con una nobleza dificil de olvidar. Era capaz de estar horas sentada con la espalda apoyada en una pared si se lo ordenabas y se iba escurriendo poco a poco, hasta caerse. Ellas formaron tal vínculo que es difícil pensar en mi abuela sin tener el doble recuerdo de su perra. Su nombre le venía de una campanita o cascabel que tenía al cuello siendo cachorra. Ella fue quien acompañó a mi abuela cuando nos vinimos a España y quien decidió morir allí antes de que mi abuela volviera a su tierra.
Las dos cada una en su justa medida y lugar, forman uno de los recuerdos más hermosos de mi infancia y permanecen en el fondo de mi corazón envueltas en el inconfundible aroma de aquellos dulces....

Gañotes

Ingredientes:

Una docena de huevos.
Seis medios cascarones de huevo de aceite de oliva.
Medio kilo de azúcar.
Un kilo de harina.
Canela molida.
Ralladura de limón.
Ajonjoli.

Elaboración:
Se baten los huevos con el azúcar y el aceite de oliva y se va agregando la harina hasta tener una pasta regular y consistente, que se pueda luego amasar con facilidad para ir haciendo los cilindros. Antes de amasar se añaden las ralladuras de limón, la canela, el ajonjoli y la matalauva.

Se extiende la masa con un rodillo y se corta en tiras largas. Estas se enrollan en un cilindro impregnado de aceite para evitar que se peguen. Lo más típico es utilizar para esto cañas de azúcar que antes se frien en aceite. Se enrolla la masa en las mismas y se frien en aceite de oliva bien caliente para que doren. Se comen fríos.



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