sábado, 30 de octubre de 2010


No recuerdo el día ni tampoco el año, posiblemente fue un año antes de venir a España.

Lo cierto es que estábamos viendo una película, era del oeste, de eso me acuerdo perfectamente, y se fue la luz. Mi madre decidió que la viéramos terminar en casa de mi tio Paco, que vivía a pocas calles de la mía. Estuvimos allí un par de horas, a lo sumo tres y cuando regresamos la puerta del salón del chalet en el que vivíamos, se abrió bajo mi empuje, las luces estaban encendidas y algo de ropa sobre un sillón.

Mi madre pensó en mi abuela que había entrado olvidando cerrar, algo que era ilógico porque mi abuela no hacía esas cosas y menos a esa hora, yo creo que fue un comentario para no asustarme e incluso para creérselo ella misma ante la sospecha de un robo.

Unas huellas de barro sobre la alfombra nos pusieron alerta, en el dormitorio el caos era tremendo, no quedaban más que las perchas colgando en el armario y cosas esparcidas por todos lados, recuerdos, documentos, pendientes rotos, trozos de sábanas ajadas que fueron utilizadas para cargar con todo...no solo se llevaron nuestras cosas más lindas, mantelerias compradas en España y recuerdos de un viaje anterior, sino que se llevaron una época hermosa de mi vida en aquel país, ensuciaron mi bonita infancia, el trabajo de mis padres, la lucha por tener algo, pusieron sus cochinas y asquerosas manos en mis recuerdos, en mi niñez, en la lucha de mis padres, en tantas horas extras para juntar aquel dinero, en joyas de mi abuela que independientemente del valor adquisitivo, era lo único que le quedaba a mi padre de su madre María.

Mi medalla de la primera Comunión, la Virgen niña, esa especial que mi madre había buscado con tanto anhelo, las últimas prendas que hacia unos días habíamos ido a comprar y que estaban sin estrenar entre ellas una chaquetita roja hermosa que yo había elegido.

Y sobre todo esa sensación horrible e indescifrable que te queda entre miedo, impotencia y azco, mezclada con dolor y bronca. Ver tus cosas más valiosas esparcidas por el suelo como si fueran basuras es algo inolvidable, incluso hasta lo más simple y preciado como un dibujo del día del Padre tirado en un rincón entre los restos.

En la cocina un cristal perfectamente roto de manera cricular y la comida de la nevera por el suelo, el horno abierto y las puertas desencajadas y llorar y llorar...

Ni que decir que al día siguiente hubo que pedir ropa prestada para salir de casa, no nos había quedado nada, solo un poco de dinero que quedaba entre unos documentos y que increiblemente se había salvado del desfalco.

Siempre pensamos que había sido obra de la abogada de la empresa de mi madre, una mujer especuladora y astuta a la que ella había hecho frente ante un despido de todos los trabajadores, por argumentos falsos de quiebra de la empresa y porque mi madre fue una de las pocas empleadas capaz de cobrar su correspondiente despido a pesar de las malas artes y amenazas de esat mujer.

Muchos años después ya en España, casualmente nos enteramos que había sido el cuñado de una vecina muy próxima a nosotros. Ironias de la vida, que se yo....

Los vecinos del barrio se percataron al poco tiempo de emigrar nosotros cuando vieron a esta mujer vestida con ropas de mi madre.

Sospechaban hacia tiempo pero tuvieron la evidencia cuando se puso un abrigo beige y unas botas preciosas, que mi madre se había comprado años antes, ya que al trabajar en una oficina siempre iba impecablemente arreglada. Aquellas botas de caña con hebilla de color marroncito eran una belleza, y fueron la total evidencia para que esta mujer declarara la verdad, pero nunca nos lo quisieron decir hasta que en 1998 mi madre fue de viaje a Buenos Aires y se enteró, para aquel entonces esta mujer estaba en un geriátrico y espero que hayan pagado tanto ella como su cuñado el daño que nos causaron.

Sin embargo, y como de todos los acontecimientos siempre se saca algo bueno, ese fue el detonante para que nos viniéramos definitivamente a vivir a Málaga, donde ya teníamos piso hacía tiempo y donde la posibilidad de encontrar trabajo era muy buena, con todo esto a nuestro favor aunque con miedo y nostalgia nos embarcamos al poco tiempo rumbo a otro pais.

Mis padres por aquel entonces tenian una buena situación en Buenos Aires y dentro de lo que cabe viviamos bien, yo iba al Colegio San Igancio de Wilde, que era de monjas carmelitas y si no hubiese sido por aquel robo igual no nos hubieramos decidido nunca a emigrar o quizás lo hubieramos hecho demasiado tarde.

Quedaba atrás una Argentina muy querida, llena de amigos pero también problemática, corrompida e insegura, donde la policía no tenía fiabilidad pero donde hasta entonces habíamos vivido felices, en el barrio residencial de Don Bosco, un lugar muy tranquilo, con amigos de la infancia de los que me costó mucho separarme, entre ellos mi perra de raza Collie, Diana, de la que nunca olvidaré su mirada al abrazarla llorando el día que me despedí de ella...era hermosa nunca he vuelto a ver una como ella porque era blanca y con manchas negras, algo poco ususal y además tremendamente cariñosa. Ella quedó alli con mi niñez y con todos los recuerdos que quedaron atrás.

Hoy en día todos esos recuerdos viven aún en mi, sé que fue positivo para mi familia salir en aquel momento de Argentina, cosas peores nos hubieran ocurrido quizás después porque la situación empeoró mucho, pero las raices nunca se olvidan y aún me queda grabado en las profundidades de mi cerebro un descontrol ante el desorden que no puedo evitar, sufro enormemente cuando las cosas no están recogidas quizás porque en lo más profundo de mi sigue vivo el choque emocional que sufrí aquel día...

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